Mecagüen la leche. Mira que lo intento, pero creo que ya vuelvo a ir con retraso y a deberos una, ¿no? Bueno, hoy al menos traigo una entrada de vida social, y nada de trabajo. Y es que la semana pasada tuvimos a mi hermana y una amiga suya de visita en Madrid, y aprovechando que el lunes teníamos fiesta Vanesa y yo nos fuimos con ellas a cenar a algún sitio nuevo.
Hacía un par de meses que habíamos probado un
indio de Lavapiés que nos habían recomendado, y la semana pasada acabamos por casualidad en otro, esta vez cerca de Avenida de América. Y si me hablaron del
Bombay Palace como el mejor indio de Madrid, no sé qué voy a decir de
Swagat, porque salimos los cuatro mucho más que encantados. ¡Qué gozada de cena!
Interior del restaurante
Lo primero que nos sorprendió fue el sitio en sí, porque no nos parecía que pegara mucho entre las callejuelas de las traseras de Francisco Silvela. Casi nos dio hasta un poco de miedo el hachazo que podría venir acompañando la cuenta, porque el aspecto del restaurante es bastante más fino que por ejemplo el de su primo de Lavapiés, y los camareros van impecablemente vestidos con camisas indias muy elegantes.
Lo siguiente que nos llamó la atención fue la excelencia del servicio. Más allá de que fueran rápidos o no (yo diría que lo justo: sin agobiar y sin hacer esperar), fueron sobre todo amabilísimos. Al pedir nos aconsejaron sobre la comida sin que ni siquiera les preguntáramos, no fuera a ser que no supiéramos lo que estábamos pidiendo (cualquiera diría que me conocían de algo, je, je), y con cada plato nos explicaban muy bien de qué constaba, mientras lo servían con mucho mimo plato por plato. Nuestro miedo a la factura seguía creciendo, claro está.
Uno de los platos de carne del Swagat
Obviamente lo que más cuenta en un restaurante es la comida, y ahí tampoco se quedaron atrás. Estuvo todo para chuparse los dedos, y no lamimos los platos porque ya digo que el sitio parecía fino. Empezamos compartiendo un plato de samosas ("empanadillas crujientes rellenas de patata y guisantes") que nos sorprendieron mucho, y otro entrante de cuyo nombre no me acuerdo pero que también estaba muy rico. Mientras lo preparaban nos sirvieron además unas obleas (creo que nos dijeron que estaban hechas de alguna legumbre) con tres tarrinas de salsas espectaculares: una de mango, otra de yogur, y otra bastante picante. Poco me faltó para comerme las salsas a cucharadas. Desde luego eran mucho mejores que las tres que nos sirvieron en el Bombay Palace, una de las cuales era por ejemplo una vinagreta con poquilla gracia.
Los cuatro platos principales que compartimos también fueron todo un éxito. Aunque las salsas no eran en este caso muy distintas de las de otros indios que he probado, la carne sí estaba en este caso muchísimo más tierna. Dos de los platos eran además trozos de pollo que nos trajeron ensartados en un pincho enorme que meten directamente al horno, y quieras que no le daba otra gracia al asunto. Creo que el murgh makhani ("pollo a la mantequilla", o algo así) fue de los que más triunfó. Acompañamos los platos con una ración de pan naan relleno para contentar a Miriam, y aunque poco tenía que ver con el que ella se esperaba, lo devoramos enseguida.
El toque dulce a la comida lo dimos primero con la bebida, pues pedimos todos batidos naturales de mango y yogur. Estaban deliciosos y eran considerablemente grandes, lo que no viene mal si se arriesga uno con alguno de los platos picantes. Desde luego sabían a batido natural.
Los postres que pedimos para terminar
Con tanta comilona estábamos ya bastante satisfechos, pero visto el espectáculo culinario al que estábamos asistiendo, no quisimos irnos de allí sin probar los postres. Compartimos un kulfi (helado de pistacho y dulce de leche), una copa de helado de mango impresionante y con una textura genial, y un gaijar halwa, un original postre caliente de zanahoria que me supo a gloria. De hecho, la zanahoria frita me quería recordar a algo que ya había probado, pero no conseguía acordarme de qué era...
Al final, sin cortarnos un pelo a la hora de pedir, tocamos a cerca de 30 € por cabeza, que desde luego para mí barato no es. Y eso es lo único que hará que no repita mucho mientras mi situación económica sea la que es, pero desde luego es un sitio muy recomendable para los amantes de la cocina india y para alguna ocasión especial. Si no, siempre queda la opción de recurrir al menú del día que también ofrecen, por 13 €.