Llegamos al viernes de nuestra visita a Estocolmo con una buena ración de turismo urbano a nuestras espaldas. Estábamos lo suficientemente satisfechos con nuestro improvisado plan de ruta como para permitirnos el lujo de dedicar un día a salir de la ciudad y ver una pequeña parte de otra de las principales atracciones de Estocolmo: su archipiélago.
Todo el archipiélago está plagado de pequeños muelles y casetas a la orilla del aguaLos que ya conocían la ciudad nos habían recomendado dedicarle un día a cualquiera de las islas que componen el enorme archipiélago, pero por desgracia nadie nos había sabido recomendar una en concreto. Tampoco se puede decir que tuviéramos guías excesivamente actuales o atractivas, así que tuvimos que dejarnos aconsejar por los cuatro folletos turísticos que habíamos podido agenciarnos durante los dos días anteriores en la estación de autobuses y el hostal. Pero claro, en un archipiélago con casi 24.000 islas e islotes resulta complicado ponerse de acuerdo en cuáles son las mejores... Cada una de las mini-guías que teníamos hablaba maravillas sobre tres o cuatro islas diferentes (ya se sabe cómo son estas guías...), pero sólo coincidían en una como el súmmum de todo: Grinda.
Vista del archipiélago desde una colina de VaxholmNos costó lo nuestro enterarnos de cómo llegar desde Estocolmo hasta la isla. Con tantísimos islotes repartidos por el agua, la red de transportes en barco de la zona es infinitamente más compleja que el servicio de autobuses interurbanos de Madrid (ahora que lo tengo a mano), y es bastante complicado aclararse con las centenas de tablas de horarios, transbordos y recorridos que las decenas de compañías de transporte marítimo tienen en el puerto. Al final, después de pegarnos un madrugón de espanto para intentar localizar nuestro barco y cogerlo en el primer viaje del día, nos tocó esperar más de media hora hasta que zarpara.
La fortaleza de Vaxholm bien podría servir hoy como cárcelA las once y cuarto llegamos a Vaxholm, la isla en la que debíamos cambiar de barco. Aunque nos quedaba más de una hora de margen, no quisimos arriesgarnos a cruzar al islote de enfrente a visitar el castillo de Vaxholm, que da nombre al pueblo y que mandó construir en el siglo XVI el rey Gustav Vasa. Aprovechamos el tiempo, eso sí, para darnos una vuelta por el pintoresco pueblo y tomarnos algo calentito en una de las cafeterías más encantadoras que hemos pisado en los últimos tiempos.
Aquí nos tomamos un café y una tarta casera esperando el barcoNo tardamos mucho en llegar a Grinda, aquella isla paradisiaca de la que tanto esperábamos. Lo que no esperábamos es que no hubiera casi ni embarcadero, y poco menos que nos tiraron a unas piedras a la orilla. Nos adentramos enseguida en la isla, que ya desde el principio nos iba dando mala espina... Aquello tenía pinta de estar completamente vacío, y las cuatro casetas que nos fuimos encontrando por el camino parecían llevar meses cerradas acumulando mierda.
La entrada a las Minas de Moria en VaxholmYa a esas alturas del año refresca la temperatura enseguida por la tarde, así que a pesar de la mala previsión meteorológica nos dirigimos rápidamente hacia una cala apartada para
jugarnos la vida bañarnos por segunda vez en unos meses en el Báltico. Encontramos un caminillo de ovejas en el bosque que terminaba junto a un pequeño muelle y un par de casetas. Allí mismo había una playa solitaria, y decidimos que sería un buen sitio para meternos al agua; así, si moríamos de hipotermia tardarían días en encontrar nuestros cuerpos arrastrados por la marea.
Aquí aterrizamos en la isla de nuestros sueñosNo es que el agua estuviera fría, no; es que no sabías si te dolía más estar dentro o fuera, porque en cuanto asomabas el pescuezo sobre la superficie del agua te acariciaba una deliciosa brisa polar que te acuchillaba con premeditación y alevosía. Después de un par de largos (o anchos, no lo tengo muy claro) salí por fin a tomar un poco
el sol la sombra y a intentar en vano secarme. Como además de valiente soy retrasado, no se me había ocurrido llevar una muda seca y un pantalón para cambiarme después del baño, esperando ilusamente que el gañán del sol sueco fuera a ser capaz de secar el bañador. A partir de ese momento y hasta bien entrada la tarde, tuve que pasearme por tanto por toda la isla con una toalla horrible y sin nada más debajo.
Junto a este embarcadero volví a probar el agua del BálticoSi hubiéramos sido listos, habríamos huido de aquel infierno isleño justo después del baño, cuando partía el único barco que pasaba por Grinda rumbo a la civilización en toda la tarde. Pero no fuimos listos (ya he dicho antes que soy retrasado), y preferimos quedarnos un rato más para explorar los maravillosos tesoros que a buen seguro debía ocultar aquella famosa isla.
El primer tesoro que hallamos fue un rebaño de ovejas. Con mi toalla a la cintura me había invadido una especie de espíritu
hippie, así que nos quedamos un rato con ellas dándoles de comer helechos y otros hierbajos que su exquisito paladar bien supo apreciar.
Ni Cancún ni la Riviera, el paraíso está en GrindaEn menos de media hora a ritmo de paseo cochinero habíamos alcanzado ya el extremo opuesto de la isla. Nos estaba costando encontrar los tesoros ocultos, pero todavía teníamos que pasar por el pequeño puerto y la zona habitada de la isla, donde tenía que haber algo interesante que hacer un viernes por la tarde, ¿no? Efectivamente, no.
Acongojados por el silencio del bosqueSeguimos la línea de la costa dando toda la vuelta a la isla, intentando hacer así el recorrido lo más largo posible para no aparecer de nuevo al sur de Grinda cuatro horas antes de que llegara nuestro barco. Por el camino nos encontramos con una pequeña bahía bastante bonita, en la que unas rocas no demasiado altas bordeaban el agua a lo largo de toda la curva de la orilla.
No se veía un alma por la islaCuando llegamos a la zona habitada nos llevamos una nueva sorpresa, y es que, aunque fuera un viernes de agosto, estaba todo cerrado. Había un hotelillo rural con pinta de no ser precisamente barato, y un par de bares junto al muelle que por lo visto dejaban de abrir esa misma semana. También encontramos una tienda de alimentación, aunque la tendera tardó casi un cuarto de hora en aparecer. Según parece sólo había abierto porque había subido a la isla a hacer unas cosas, pero por esas fechas no abría ya normalmente.
El bañador aún mojado y yo paseándome en toallaDespués de merendar algo nos dimos cuenta de que nos quedaban aún tres horas por delante y de que no teníamos absolutamente nada que hacer. Para colmo, cada vez hacía más frío y amenazaba con ponerse a llover en cualquier momento. Decidimos que lo más oportuno sería acercarnos al muelle y revisar concienzudamente las tablas de horarios, por si diera la casualidad de que haciendo transbordo de alguna forma pudiéramos salir de allí un poco antes.
Vista desde la costa oeste de la islaMientras esperábamos el barco de las siete de la tarde (por fortuna no tuvimos que esperar hasta el de las nueve) nos resguardamos en la caseta de espera, donde encontramos los desgarradores garabatos de otros ingenuos turistas que se habían visto allí encerrados como nosotros sin ninguna posibilidad de huida.
Finalmente llegó nuestra salvación navegando, aunque durante las dos horas de espera nos sorprendió ver la cantidad de gente que desembarcaba en la isla desde barcos que seguían ruta hacia el norte... ¿Nos habríamos dejado algún tesoro oculto por descubrir?
Termino con las trágicas palabras de un par de italianos que no supieron ver el peligro que corrían yendo a la isla hasta que ya no había vuelta atrás:
"We are waiting the boat for 5 hours! There is nothing on this island! Nobody is coming! No food, no water, just cold! We're going in the north part. Bye, bye!"
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New Order - Road to ruin