viernes 20 de noviembre de 2009

Die Klinik

Puede que me cague repetidamente varias veces cada día en la brillante mente que ideó el horario partido en el trabajo, pero como a todo hay que tratar de verle el lado positivo, también a esa aberración del mundo laboral español le he podido encontrar una utilidad. Y es que ese par de horas muertas en un pueblo de la provincia de Toledo me vienen al dedillo para ponerme al día con mis lecturas y dedicarle casi una hora diaria al libro que toque.

Esta mañana he terminado de leer "El Comité de la Muerte" ("The Death Committee" en su versión original y "Die Klinik" en la edición alemana, que es la que yo he leído), seguramente una de las novelas menos conocidas de Noah Gordon. Después de haber leído "El Médico" y "El Último Judío" seguramente esperara más de un libro del mismo autor, pero ahora puedo decir con conocimiento de causa que creo saber por qué "El Comité de la Muerte" no triunfó tanto entre los lectores como los dos mencionados.

No es que el libro sea malo, pero el tipo de historia vendría a ser el equivalente a un drama de sobremesa de Telecinco el domingo por la tarde. Seguramente cuenta con personajes bastante menos planos que los de otras novelas "más bestseller" de Gordon, pero la narración no consigue en ningún momento captar al lector con la misma intensidad que ese otro tipo de libros.

La novela gira entorno a un humilde hospital de Boston, escenario del encuentro de tres jóvenes médicos con pasados difíciles y formas de afrontar la vida muy diferentes. Entre los tres, sus novias y mujeres, sus pacientes, y el resto del personal del hospital, se desarrollan multitud de pequeños hilos argumentales que se esfuman fundiéndose en historias paralelas con la misma facilidad con la que nacieron de la nada. Es un libro que no encaja en absoluto con la composición novelística más ortodoxa, ya que apenas puede reconocerse el típico patrón "planteamiento - nudo - desenlace" característico del género.

Con estas características, y habiéndolo leído además en alemán, no es de extrañar que haya tardado varias semanas en leer una novela no muy larga que en otros casos habría devorado en apenas unos días. Al principio me dio la impresión de que me iba a resultar más emocionante, cuando a las pocas páginas fallece una niña en el hospital y se anuncia que el joven doctor Silverstone tendrá que comparecer ante el "Comité de la Muerte" para esclarecer el caso y ver si el fatal desenlace se podría haber evitado. Sin embargo, ya digo que después todo se hace más lento y apenas hay una historia que se pueda seguir con ganas.

A pesar de todo, le tengo que estar agradecido al vecino de Berlín que abandonó ese y otros libros sobre los buzones del portal. Ha sido una forma interesante de mantener fresco el alemán, y aunque no haya sido un libro con gancho, sí me ha resultado interesante conocer a sus personajes y dejarme conmover un poco por sus problemas y emociones.

martes 17 de noviembre de 2009

Grinda, o cómo destrozar un viernes cerca de Estocolmo

Llegamos al viernes de nuestra visita a Estocolmo con una buena ración de turismo urbano a nuestras espaldas. Estábamos lo suficientemente satisfechos con nuestro improvisado plan de ruta como para permitirnos el lujo de dedicar un día a salir de la ciudad y ver una pequeña parte de otra de las principales atracciones de Estocolmo: su archipiélago.

Todo el archipiélago está plagado de pequeños muelles y casetas a la orilla del agua

Los que ya conocían la ciudad nos habían recomendado dedicarle un día a cualquiera de las islas que componen el enorme archipiélago, pero por desgracia nadie nos había sabido recomendar una en concreto. Tampoco se puede decir que tuviéramos guías excesivamente actuales o atractivas, así que tuvimos que dejarnos aconsejar por los cuatro folletos turísticos que habíamos podido agenciarnos durante los dos días anteriores en la estación de autobuses y el hostal. Pero claro, en un archipiélago con casi 24.000 islas e islotes resulta complicado ponerse de acuerdo en cuáles son las mejores... Cada una de las mini-guías que teníamos hablaba maravillas sobre tres o cuatro islas diferentes (ya se sabe cómo son estas guías...), pero sólo coincidían en una como el súmmum de todo: Grinda.

Vista del archipiélago desde una colina de Vaxholm

Nos costó lo nuestro enterarnos de cómo llegar desde Estocolmo hasta la isla. Con tantísimos islotes repartidos por el agua, la red de transportes en barco de la zona es infinitamente más compleja que el servicio de autobuses interurbanos de Madrid (ahora que lo tengo a mano), y es bastante complicado aclararse con las centenas de tablas de horarios, transbordos y recorridos que las decenas de compañías de transporte marítimo tienen en el puerto. Al final, después de pegarnos un madrugón de espanto para intentar localizar nuestro barco y cogerlo en el primer viaje del día, nos tocó esperar más de media hora hasta que zarpara.

La fortaleza de Vaxholm bien podría servir hoy como cárcel

A las once y cuarto llegamos a Vaxholm, la isla en la que debíamos cambiar de barco. Aunque nos quedaba más de una hora de margen, no quisimos arriesgarnos a cruzar al islote de enfrente a visitar el castillo de Vaxholm, que da nombre al pueblo y que mandó construir en el siglo XVI el rey Gustav Vasa. Aprovechamos el tiempo, eso sí, para darnos una vuelta por el pintoresco pueblo y tomarnos algo calentito en una de las cafeterías más encantadoras que hemos pisado en los últimos tiempos.

Aquí nos tomamos un café y una tarta casera esperando el barco

No tardamos mucho en llegar a Grinda, aquella isla paradisiaca de la que tanto esperábamos. Lo que no esperábamos es que no hubiera casi ni embarcadero, y poco menos que nos tiraron a unas piedras a la orilla. Nos adentramos enseguida en la isla, que ya desde el principio nos iba dando mala espina... Aquello tenía pinta de estar completamente vacío, y las cuatro casetas que nos fuimos encontrando por el camino parecían llevar meses cerradas acumulando mierda.

La entrada a las Minas de Moria en Vaxholm

Ya a esas alturas del año refresca la temperatura enseguida por la tarde, así que a pesar de la mala previsión meteorológica nos dirigimos rápidamente hacia una cala apartada para jugarnos la vida bañarnos por segunda vez en unos meses en el Báltico. Encontramos un caminillo de ovejas en el bosque que terminaba junto a un pequeño muelle y un par de casetas. Allí mismo había una playa solitaria, y decidimos que sería un buen sitio para meternos al agua; así, si moríamos de hipotermia tardarían días en encontrar nuestros cuerpos arrastrados por la marea.

Aquí aterrizamos en la isla de nuestros sueños

No es que el agua estuviera fría, no; es que no sabías si te dolía más estar dentro o fuera, porque en cuanto asomabas el pescuezo sobre la superficie del agua te acariciaba una deliciosa brisa polar que te acuchillaba con premeditación y alevosía. Después de un par de largos (o anchos, no lo tengo muy claro) salí por fin a tomar un poco el sol la sombra y a intentar en vano secarme. Como además de valiente soy retrasado, no se me había ocurrido llevar una muda seca y un pantalón para cambiarme después del baño, esperando ilusamente que el gañán del sol sueco fuera a ser capaz de secar el bañador. A partir de ese momento y hasta bien entrada la tarde, tuve que pasearme por tanto por toda la isla con una toalla horrible y sin nada más debajo.

Junto a este embarcadero volví a probar el agua del Báltico

Si hubiéramos sido listos, habríamos huido de aquel infierno isleño justo después del baño, cuando partía el único barco que pasaba por Grinda rumbo a la civilización en toda la tarde. Pero no fuimos listos (ya he dicho antes que soy retrasado), y preferimos quedarnos un rato más para explorar los maravillosos tesoros que a buen seguro debía ocultar aquella famosa isla.
El primer tesoro que hallamos fue un rebaño de ovejas. Con mi toalla a la cintura me había invadido una especie de espíritu hippie, así que nos quedamos un rato con ellas dándoles de comer helechos y otros hierbajos que su exquisito paladar bien supo apreciar.

Ni Cancún ni la Riviera, el paraíso está en Grinda

En menos de media hora a ritmo de paseo cochinero habíamos alcanzado ya el extremo opuesto de la isla. Nos estaba costando encontrar los tesoros ocultos, pero todavía teníamos que pasar por el pequeño puerto y la zona habitada de la isla, donde tenía que haber algo interesante que hacer un viernes por la tarde, ¿no? Efectivamente, no.

Acongojados por el silencio del bosque

Seguimos la línea de la costa dando toda la vuelta a la isla, intentando hacer así el recorrido lo más largo posible para no aparecer de nuevo al sur de Grinda cuatro horas antes de que llegara nuestro barco. Por el camino nos encontramos con una pequeña bahía bastante bonita, en la que unas rocas no demasiado altas bordeaban el agua a lo largo de toda la curva de la orilla.

No se veía un alma por la isla

Cuando llegamos a la zona habitada nos llevamos una nueva sorpresa, y es que, aunque fuera un viernes de agosto, estaba todo cerrado. Había un hotelillo rural con pinta de no ser precisamente barato, y un par de bares junto al muelle que por lo visto dejaban de abrir esa misma semana. También encontramos una tienda de alimentación, aunque la tendera tardó casi un cuarto de hora en aparecer. Según parece sólo había abierto porque había subido a la isla a hacer unas cosas, pero por esas fechas no abría ya normalmente.

El bañador aún mojado y yo paseándome en toalla

Después de merendar algo nos dimos cuenta de que nos quedaban aún tres horas por delante y de que no teníamos absolutamente nada que hacer. Para colmo, cada vez hacía más frío y amenazaba con ponerse a llover en cualquier momento. Decidimos que lo más oportuno sería acercarnos al muelle y revisar concienzudamente las tablas de horarios, por si diera la casualidad de que haciendo transbordo de alguna forma pudiéramos salir de allí un poco antes.

Vista desde la costa oeste de la isla

Mientras esperábamos el barco de las siete de la tarde (por fortuna no tuvimos que esperar hasta el de las nueve) nos resguardamos en la caseta de espera, donde encontramos los desgarradores garabatos de otros ingenuos turistas que se habían visto allí encerrados como nosotros sin ninguna posibilidad de huida.
Finalmente llegó nuestra salvación navegando, aunque durante las dos horas de espera nos sorprendió ver la cantidad de gente que desembarcaba en la isla desde barcos que seguían ruta hacia el norte... ¿Nos habríamos dejado algún tesoro oculto por descubrir?

Termino con las trágicas palabras de un par de italianos que no supieron ver el peligro que corrían yendo a la isla hasta que ya no había vuelta atrás:
"We are waiting the boat for 5 hours! There is nothing on this island! Nobody is coming! No food, no water, just cold! We're going in the north part. Bye, bye!"
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Now playing: New Order - Road to ruin

sábado 14 de noviembre de 2009

Y de pronto... ¡Rammstein!

El sonido del teléfono lo sobresaltó. Acababa de llegar a casa y apenas le había dado tiempo a quitarse los zapatos y sentarse. Había pasado todo el día sentado ante la fría pantalla de su ordenador en el trabajo, pero lo primero que hizo fue encender el portátil para echar un vistazo al correo. Algún día debería mirarse lo de su adicción a Internet, pero ya habría tiempo más adelante.
Descolgó y una voz conocida sonó al otro lado.

- ¿Te pillo muy liado?
- Pues acabo de llegar a casa, pero no, ¿por qué? - preguntó intrigado.
- ¿Te quieres venir al concierto de Rammstein? Tengo una entrada.
- ... ¿Cómo que tienes una entrada? ¿Pero a qué hora empieza? - no podía creérselo.
- A las ocho menos cuarto abren puertas.

Eran las siete y el concierto era en Madrid. Le separaban de él un puñado de kilómetros y, lo más importante, varios miles de vehículos colapsando todas las arterias de entrada a la capital.
Algo así podría ser el comienzo de un relato que narrara lo que sucedió el martes pasado cuando volví a casa después del trabajo, y es que hasta la historia más fantástica se puede convertir en realidad cuando uno se rodea de buenos amigos como nuestro querido Pajax.
Por esperar a que se aclarara mi futuro, aunque sólo fuera para saber dónde iba a dar con mis huesos después de octubre, acabé quedándome sin entradas para el concierto de Rammstein en la gira de presentación de su nuevo disco, así que me quedé con las ganas de aceptar la invitación de Nacho y Rueda y acompañarlos al concierto en el Palacio de los Deportes de la Comunidad de Madrid.


Increíble la bola de fuego sobre el escenario con tres lanzallamas

Gracias también a Vanesa que me hizo de taxista, me decidí a ir aunque fuera así de pronto al que sería mi tercer concierto ya de uno de los grupos que más me vienen gustando en los últimos años. Nos tuvimos que comer un atasco detrás de otro para llegar a Madrid a esas horas de la tarde, pero al final me presenté en el bar donde habíamos quedado justo a tiempo para tomar una antes de entrar y comer un bocadillo que me sirviera de cena.


"Benzin", con surtidor de gasolina y todo

Para cuando quisimos entrar al estadio ya no quedaba sitio casi ni en la parte superior de la última grada, así que nos tuvimos que conformar con asientos en la penúltima fila del lateral de un recinto abarrotado. Yo nunca he sido muy de ver este tipo de conciertos sentado, pero como el resto lo preferían así y yo ya había visto a los alemanes en directo un par de veces antes no me importó verlo desde otra perspectiva para tener una buena visión de conjunto y del espectáculo pirotécnico y luminotécnico.


El público entregado al ritmo de "Links 2, 3, 4", y el teclista de paseo

Siempre que voy a un concierto lo digo, y ahora lo repito: no tiene nada que ver ir sabiéndose las canciones con ir sin conocerlas. Yo no había escuchado más que un tema del nuevo álbum ("Pussy", que de hecho no me acababa de convencer mucho), pero el resto ni las había oído, así que iba al concierto en cierto modo a la expectativa de ver qué rumbo habrían tomado después de un último disco que me había decepcionado un poco.


Tienen muchos temas mejores que "Du hast", pero hay que tocarlo...

El concierto estuvo al nivel esperado en lo que a espectáculo se refiere: grandes juegos de luces, llamaradas y explosiones, torturas al teclista, objetos y personas ardiendo, lanzallamas,... todo un despliegue de medios que hacen de cada concierto de Rammstein un evento impresionante. No faltó tampoco la barca hinchable navegando sobre el público, una escena mítica ya en los conciertos del grupo. Mención especial se merece el teclista, que además de soportar las ya clásicas "bromas" que le gastan, se pasó prácticamente todo el concierto tocando de pie sobre una cinta de correr (en marcha, quiero decir)... ¡con un par!


"Pussy" pudo haber dado algo más de juego quizá

Sin embargo, hubo un aspecto que no estuvo tan a la altura, y es que la acústica del Palacio de los Deportes no era ni mucho menos tan buena como me la habían pintado. Quizá tuviera algo que ver el hecho de que estuviéramos justo debajo de la cubierta (sólo quizá), que forma una especie de cavidad en la parte superior de las gradas, pero durante todo el concierto el eco y la reverberación fueron una molestia constante. Tan es así, que apenas pude distinguir nada cuando tocaban canciones que no conocía, por lo que la mitad del concierto dedicada al nuevo disco me dejó un poco frío.


"Sonne", temazo para un concierto con la cuenta del uno al diez

Gracias a Dios, buena parte del repertorio interpretado lo formaron los grandes temas que sí conocía, aunque no me habría venido mal refrescar un poco las letras antes de ir. Desde el "Keine Lust", la primera canción conocida por mi que tocaron, hasta un "Engel" tremendo que nunca pasa de moda, tuve la ocasión una vez más de disfrutar de algunos de los himnos más potentes de Rammstein.


"Ich will" también es óptima para un concierto, sobre todo si el público sabe alemán

En definitiva, unos cuantos euros muy bien invertidos para deleitarme como siempre con dos de las guitarras y uno de los bajos que más me gustan del panorama metalero internacional. Ahora, a ver si me hago con el disco y me pongo al día para la próxima.

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Now playing: Rammstein - Ich will

viernes 13 de noviembre de 2009

Bienvenidos al Norte

Me habría gustado saber francés para haber podido ver esta película en su versión original, "Bienvenue chez les Ch'tis", pero mi única aproximación a la lengua gala quedó en eso, un acercamiento inútil, así que no tuve más remedio que ver la película doblada al castellano.

Seguro que más de uno ha oído hablar de la película; no en vano es la película francesa más taquillera de la historia del cine francés, y sólo en Francia la vieron más de veinte millones de espectadores, que no es moco de pavo. Sólo se quedó por detrás de "Titanic" en la clasificación general... En España se estrenó a principios de 2009, curiosamente casi un año más tarde que en Francia, pero dudo que aquí tuviera la misma repercusión que en su país (yo desde Alemania sí oí hablar de la película...).

He leído unas cuantas críticas de la película y en muchas de ellas se repiten expresiones como "desternillante", "para partirse de risa", "no poder parar de reír"... Bueno, seguramente yo me perdí la mitad de la gracia de la película (como mínimo) por el hecho de verla doblada, pero personalmente me parece un poco exagerado calificar así este largometraje. Vale que tiene su gracia, y que si tienes un día de risa floja te puede salir alguna carcajada de vez en cuando, pero tampoco creo que sea para tanto; aunque ya se sabe que esto del humor es muy subjetivo...

Se trata por tanto de una comedia, y gira entorno a la vida de un trabajador del servicio público de correo francés que por circunstancias de la vida (más o menos graciosas) se ve obligado a trasladarse al extremo más septentrional del país, la región de Norte-Paso de Calais. El curioso dialecto francés que utilizan los habitantes de la zona y sus aparentemente excéntricas costumbres son la base fundamental de la vis cómica de la película.

Obviamente la caracterización que se hace de los personajes norteños y sus costumbres es lo suficientemente acentuada como para que el choque cultural con las costumbres de un francés del sur dé lugar a todo tipo de situaciones absurdas. Supongo que ahí radica también el éxito que cosechó la película en Francia...

A mí no me pareció ni de lejos la mejor película francesa que he visto, pero supongo que era un producto destinado a alcanzar gran popularidad entre el público francófono, igual que lo fue aquí "Torrente" en su momento, salvando las distancias. Por lo demás, y a pesar de haber optado a un par de premios en el ámbito europeo, ni el guión es especialmente interesante ni los personajes dan mucho de sí. La parodia políticamente correcta del típico habitante de Norte-Paso de Calais obliga a que los personajes sean exageradamente simples.

En resumen, que me quedo otra vez con ganas de aprender francés para ver si a la segunda me río del todo.

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Now playing: Manu Chao - Día luna... Día pena

miércoles 11 de noviembre de 2009

Gracias, Modesto

Tengo que reconocer que muchas veces me da cierto apuro escribir aquí por el miedo al qué dirán y a lo que pueda pensar según quién, pero hoy voy a dejar ese sentimiento de lado y voy a utilizar mi pequeña ventana al mundo para aportar mi granito de arena a un homenaje más que merecido a un hombre que nos ha dejado esta semana.

Después de varios días en coma, el martes fallecía el que fuera mi profesor de Biología durante años cuando aún estudiaba en el colegio, el Hermano Modesto. Me ha dolido mucho la pérdida de uno de los mejores profesores que he tenido nunca, un hombre severo en ocasiones, cuando hacía falta, pero con un corazón que no le cabía en el pecho y bueno como pocos.

Como profesor, Modesto dejaba a la altura del barro a muchos que se las dan de grandes docentes, ya no en la esfera escolar, sino también en el ámbito universitario. Con los medios más o menos rudimentarios que había aprendido a dominar durante años de enseñanza, era capaz de representar con su voz y una caja de tizas de colores lo que muchos otros no lograrán jamás con diapositivas, proyectores y modernos laboratorios. Siempre recordaré sus esquemas de las células, de los huesos..., sus explicaciones de Genética, sus prácticas guiadas en el pequeño laboratorio del patio... Muchos lo temían, muchos habrían preferido cruzarse con un profesor menos exigente, uno de los que no preguntaba la lección al empezar cada clase... pero con pocos otros habrían podido aprender tanto como yo aprendí con él.

Como persona, Modesto era un hombre humilde y cercano, siempre dispuesto a ayudar, siempre presto para trabajar hombro con hombro con el que se lo pidiera, y también con el que no lo pedía. Su fe era una parte muy importante de su vida, y muchos jóvenes tampoco podían entenderlo, aunque todos se alegraban cuando interrumpía alguna de sus clases para hablarnos de la Virgen y animarnos a rezar. Y sé que todo esto a alguno le sonará a otros tiempos muy lejanos, ahora que tan de actualidad está la relación entre religión y escuela, pero guiado por esa fe que tantos no entienden Modesto llegó a ser la grandísima persona que todos conocimos.

Teniendo un profesor en casa sé (o creo saber) lo desagradecida que es la profesión de maestro, y quería dejar constancia aquí, aunque ya sea tarde, de lo agradecido que le estoy yo a Modesto, al que siempre recordaré con muchísimo cariño, aunque me recomendara no dedicarme a lo que siempre quise, la Biología que él mismo me había enseñado. Porque dedicó sus años a enseñar, a enseñar de verdad, y a ser maestro y modelo con su propia vida, aunque algunos no lo entiendan.

Descanse en paz.